Priscilla, de Sofia Coppola: amanecer y ocaso de un amor

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Sofia Coppola adapta las memorias de Priscilla Presley en una cinta visualmente precisa, magnética y bella.

Aburrida en la escuela, Priscilla no puede dejar de pensar en lo que vivió una noche antes: conoció a Elvis Presley. Fue a su casa y charló a solas con él. Su mente vuela con lo que parecería un sueño imposible. Las clases no podrían parecer más inmundas e innecesarias. Ahora que vivió el sueño de cualquier chica, su mente está cambiada para siempre. En Priscilla, de Sofia Coppola, experimentamos junto a una niña de 14 años un sueño transformándose en pesadilla.

La octava película de la cineasta, además de ser producida ejecutivamente por Priscilla Presley, también está basada en el libro Elvis and Me (1985), que escribió junto con Sandra Harmon. Por lo que, desde el inicio, se hace evidente que este viaje lo haremos desde su perspectiva. Como se trata de una Priscilla escrita por Sofia Coppola, la composición visual es muy clara desde el inicio. La obsesión con objetos (fotografías, accesorios, diarios) y colores particulares; los recursos fotográficos que colocan a la protagonista casi siempre en el centro; las bellas atmósferas que abrazan y asfixian.

Un amor a fuego lento

Cailee Spaeny en Priscilla de Sofia Coppola

La mirada de Coppola nos permite adentrarnos, con minuciosidad, en los detalles de esas primeras “citas”. Por llamarle de alguna manera a esos encuentros entre una adolescente solitaria y una estrella de la música sirviendo tiempo en el ejército. Los primeros años de su relación son retratados a fuego lento.

Secuencia tras secuencia, encontramos a Priscilla navegando en una realidad que ya le queda muy pequeña: ¿cómo convivir con sus compañeras de una escuela católica? Si, por la noche, se desvela con un ícono pop entre pistolas, pastillas y excesos. De la misma forma parece no encajar tampoco en la realidad de Elvis, el galán del momento, una estrella de cine que es una década mayor que ella. En ocasiones, se hace evidente que son de mundos distintos: la vida nocturna, los contratos millonarios, la vida de ama de casa le es todavía muy ajena.

Tras varios años de espera, Elvis decide proponerle matrimonio y sellar el acuerdo que, hace más de siete años él construyo y alimentó. Tiempo que sirvió para formarla a su gusto. Desde el tono del cabello, la forma del maquillaje, el estilo de sus vestidos, el color en su ropa: cada detalle de su vida tenía que ser aprobado por un hombre diez años mayor.

La manera en que Sofia Coppola estructura la narración en Priscilla es a través de rápidas secuencias donde se deja muy claro que, pase lo que pase, el poder ―psicológico, económico e ideológico― lo tenía Elvis. Aunque no entendamos muy bien por qué.

Florecer en la oscuridad

Priscilla de Sofia Coppola

Breves escenas nos llevan conocer situaciones decisivas en la vida de Priscilla. Desde el momento que deja el hogar familiar y se muda al de Elvis (en Memphis); la manera en que atraviesa la secundaria y preparatorio sin amistades ni aventuras; su discreta boda. Se transforma de una adolescente confundida y emocionada, a una mujer dependiente, pero observadora. Aprende las manías y abusos de su esposo.

En esta versión de la vida de la pareja, Coppola lo retrata desde su lado más narcisista y abusivo: la violencia física, el gaslighting, la infidelidad. Vemos por fin a Elvis como el esposo que fue. Un retrato opuesto al que se muestra en Elvis (Baz Luhrmann, 2022), donde se perfila una figura casi inocente ante su entorno, pasivo y apasionado.

El paso del tiempo ―y el crecimiento de Prsicilla― se marca en la cinta con un cambio en los gestos y ademanes de la protagonista y, también, con un recurso indiscutible en la filmografía de la cineasta: el vestuario y maquillaje. Primero, Priscilla es una joven castaña que gusta de colores pastel. Después se convierte poco a poco en el maniquí que Elvis diseña: una joven que usa primordialemente color azul y maquillaje cargado. Hacia el ocaso de su relación con la estrella de rock, encuentra un estilo más personal, elegante y atrevida.

Una mirada lejana

Priscilla de Sofia Coppola es su octava película

En las primeras escenas, Coppola dibuja detalladamente la realidad de Priscilla. Desde las fiestas donde ella y Elvis se conocieron, las llamadas telefónicas, sus primeros encuentros a solas hasta los atisbos de violencia. Sin embargo, hacia la segunda mitad de la película, toma velocidad la narración y nos perdemos del desarrollo de su matrimonio desde lo cotidiano, la faceta de Elvis como una especie de líder de un culto en torno a él, los sentimientos de Priscilla al convertirse en madre, la fractura de la relación.

Somos testigos de la transformación física de los protagonistas, del cambio en sus rutinas y formas de relacionarse, pero no les acompañamos en el viaje psicológico que les lleva a separarse. La emancipación mental de Priscilla es algo que presenciamos de forma casi velada.

Priscilla, de Sofia Coppola no termina de despegar como un retrato íntimo de la vida de Priscilla Presley. Se siente más como una narración visualmente magnética, pero un poco superficial de una relación desigual.

Una obra con manufactura exquisita (fotografía, diseño de vestuario, sonoro y de producción), pero que deja de lado la profundidad en el desarrollo de personajes. Sin embargo, es muy valioso el ejercicio de mostrar a Elvis como un ser humano con particularidades y debilidades (adicciones, inseguridades, manías) y no como como un dios. Poniendo el foco en la persona que le acompañó discretamente en su despegue a la fama.

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Autor

  • Astrid García Oseguera

    Egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Se ha especializado en la escritura creativa para medios impresos y digitales desde la redacción, investigación, traducción y edición. Entre sus colaboraciones escritas se encuentran sitios como las revistas Algarabía e Icónica, la Cineteca Nacional y El ojo que piensa. Es coeditora del sitio de análisis Lumbre Cinema y programadora de la plataforma de streaming del IMCINE, FilminLatino.

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