Nick y Judy mantienen el carisma de siempre, pero secretos y revelaciones lo pondrán todo a prueba
Casi una década después de su exitosa antecesora, Zootopia 2 llega con una misión complicada: continuar la historia de una de las películas más queridas de Disney sin perder su frescura (ni su interesante mensaje social). La secuela, dirigida por Jared Bush y Byron Howard —los mismos al frente de la primera entrega de Zootopia— retoma a los personajes originales que muchos aman: la oficial coneja Judy Hopps y el zorro ex-estafador convertido en policía Nick Wilde. Sin embargo, todo a su alrededor es más grande, divertido, y por supuesto, la amenaza es aún más peligrosa. ¿Se encuentra este nuevo capítulo a la altura del anterior?
La nueva misión
La premisa arranca apenas días después del final de la primera película. En su primera misión formal como policías, Judy y Nick deben investigar una conspiración que hunde sus raíces en los orígenes de Zootopia, mientras la ciudad enfrenta un conflicto social latente.
En esta segunda película, Zootopia ya no se limita al centro urbano, ahora conocemos otros barrios, suburbios y zonas olvidadas de la ciudad. Esto da pie a que aparezcan nuevos personajes, siendo Nibbles Maplestick, Gary De’Snake y Pawbert Lynxley los más sobresalientes.
La primera es una castora con un podcast que abarca teorías conspirativas, después tenemos a una serpiente que siembra el terror en Zootopia, y por último a un lince que busca deslindarse de los negocios sucios que lidera su familia. Todos tienen su momento para brillar, y aunque no aparecen durante toda la trama, tienen la suficiente importancia como para ganarse un lugar en el gusto de los espectadores.
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Una de las mayores fortalezas de la película es cómo expande el mundo que ya conocíamos. Lejos de caer en diálogos repetidos o situaciones que ya vimos en 2016, Zootopia se nos presenta desde nuevas perspectivas; algunas más grises, otras más vibrantes, pero todas con historias e identidades propias.
La animación, por otro lado, también aprovecha esto al máximo: hay texturas más detalladas, movimientos con mayor expresión y secuencias de acción que se sienten fluidas y llenas de energía. Sobresalen en esta ocasión las persecuciones, que se extienden a lo largo de todo tipo de ambientes. Curiosamente, esta variedad permite ahondar en uno de los puntos más fuertes: cómo la ciudad carga con desigualdades que muchos ignoran o, simplemente, desconocen.
Como en la primera entrega, la película utiliza la metáfora animal para hablar de prejuicio, inclusión y miedo a lo diferente. Esta vez no sólo entre depredadores y presas, sino incorporando reptiles —seres marginados por la ciudad— lo que abre el debate sobre la exclusión, los estigmas y la posibilidad de convivir con la diversidad.
La secuela también introduce, aunque de forma suave, algunos apunte sobre gentrificación. Ciertos barrios “problemáticos” comienzan a ser remodelados con el pretexto de orden y seguridad, desplazando a varias de las especies que históricamente han habitado esas zonas. Zootopia 2 no se detiene demasiado en ello, pero sí deja ver algunas secuelas de las transformaciones urbanas. Claro, el punto no llega a un nivel extremo de desarrollo, pero se agradece verlo en una producción dirigida al público familiar.
La chispa de la original
Lo que realmente sostiene a Zootopia 2 es la relación entre Judy y Nick. Su dinámica sigue siendo divertida y llena de química, pero ahora tiene nuevas dimensiones: dudas, pequeñas tensiones y momentos que los obligan a reconocer que crecer juntos implica también desacuerdos. Eso hace que los personajes se sientan, irónicamente, más humanos y hasta vulnerables. Por suerte, el humor no se va y el guion no pierde la oportunidad de reírse de sí misma, de los clichés del género policiaco y las particularidades de cada especie.
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Puede que Zootopia 2 a veces juegue demasiado “a lo seguro”, sin embargo, logra darle continuidad al mensaje original: recordar que convivir en diversidad implica trabajo, empatía y, a veces, dolor. No deja de ser una película encantadora, visualmente impresionante y apta para todo el público, pero también deja reflexiones que los adultos reconocerán con facilidad. Ahí están el miedo a lo distinto, la búsqueda de pertenencia, y la importancia de escuchar historias fuera de nuestra burbuja.
El nuevo éxito de Disney invita a mirar más allá de las apariencias. Nos hace cuestionarnos qué prejuicios cargamos y cómo nuestras ciudades – y decisiones – pueden incluir o excluir. No revoluciona la fórmula, pero sí la enriquece. Y al final, eso es suficiente para que valga totalmente la pena verla.
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