Olivia Wilde dirige y protagoniza La invitación, una comedia tan incómoda como divertida que explora las grietas del amor moderno. Te contamos por qué es una de las sorpresas cinematográficas del año
El salto de actores a la silla de director ha sido un sello de Hollywood durante décadas, con resultados mixtos. Olivia Wilde es uno de los casos que más me han conflictuado: su debut, Booksmart, fue aclamado al momento de su estreno, aunque a mí no terminó de enamorarme; mientras que No te preocupes cariño, me pareció un intento muy mediocre de ejecutar un misterio que nunca cuaja.
Tan mediocre, incluso, que terminó siendo opacada por un tour de prensa desastroso para todos los involucrados, en particular para Wilde, quien parecía tener por delante un camino complicado antes de que volvieran a confiarle un proyecto grande.
Con ese contexto en mente, me adentré en La Invitación… y descubrí que, a veces, un hoyo como aquel en el que se encontraba Wilde puede dar lugar a una joya de esas que vemos muy poco hoy en día.
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La noche que lo cambia todo
En La invitación, Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) son una pareja infeliz e inestable. Intentando llevar vidas normales a pesar de sus carencias románticas, deciden invitar a sus vecinos extrovertidos, Pina (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), desatando una noche repleta de locuras, tensiones y verdades ocultas.
Es una historia que fácilmente se prestaría para una ejecución simplona y aburrida, de esas que terminan aventadas en streaming sin pena ni gloria y que apenas dejan huella en la conversación. Pero Wilde hace todo lo contrario: nos regala una comedia con un toque cinematográfico como pocas que vemos hoy en día, filmada en un bellísimo 35 mm, consiguiendo que el espacio habitado por estos cuatro personajes se sienta tan inmersivo como claustrofóbico mientras todo comienza a desmoronarse.
Mucho crédito también va para Will McCormack y Rashida Jones, quienes entregan un guion brillante (remake de la película española Sentimental) destinado a incomodar a más de una pareja con las preguntas que pone sobre la mesa: ¿cuándo es momento de reconocer que el amor ya no está? ¿Realmente hay salvación para una relación que ya comienza a mostrar sus grietas?
De un lado tenemos al Joe de Seth Rogen, un hombre gracioso en la superficie, pero que esconde una enorme frustración y una tristeza incomprendida. Del otro está la Angela de Olivia Wilde, una mujer ansiosa y “queda bien” que haría lo que fuera por encajar en sociedad.
Tanto Rogen como Wilde lo entregan todo, dándonos personajes exquisitamente profundos que no dejan de revelar nuevas capas a través de las conversaciones de la película. Pero destaco especialmente a Wilde, quien se dirige a sí misma y justifica su propio protagonismo en cada segundo: es el mejor papel de su carrera.
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El opuesto necesario
Los más comentados serán Cruz y Norton, quienes interpretan a una pareja de almas libres que funciona como el completo opuesto de Joe y Angela. Su presencia es eléctrica y, por momentos, casi fantástica. En cierto punto de la película, comencé a ver su llegada al departamento como una especie de “fantasmas de Scrooge” o “Mary Poppins”, figuras que aparecen para salvar a la pareja de su propia tristeza y quebranto.
Lo que comienza como una comedia simple en concepto termina revelándose también como un drama que busca entender cómo sobrevive una pareja en la modernidad.
La invitación es graciosa, incómoda y, finalmente, profundamente triste y reflexiva. Y, para mí, eso es exactamente lo que la convirtió en una de las experiencias más divertidas y conmovedoras que he tenido en una sala de cine este año, elevando a Wilde como una directora y actriz de primer nivel.
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