En una película tan divertida como confrontativa, da gusto encontrarse con la reafirmación de un sello autoral
Los monstruos clásicos no pasan de moda, y la mejor prueba de esto está en La posesión de la momia, la nueva película del director Lee Cronin, que le da un impresionante giro a la tendencia de retomar un concepto del pasado y readaptarlo, en este caso bajo una perspectiva familiar. Esta versión de la historia es mucho más íntima, y oscura, pero no por ello menos efectiva.
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Viaje intenso, destino abrumador
Como ya lo ha demostrado Cronin en sus anteriores películas, The Hole in the Ground (2019) y Evil Dead Rise (2023), hay dos cosas que le encanta hacer: la primera, y quizá la más marcada en sus guiones, es explorar la dinámica de familias que, si bien no son completamente disfuncionales, no se comportan de la forma que es considerada “normal”.
El segundo tic que siempre incorpora con abundante locura en sus obras es el de dosificar cuidadosamente los elementos principales del conflicto hasta llevar a un acto final en el que todo se pone de cabeza y los protagonistas se tiñen de rojo (de las formas más creativas, en las que ni siquiera habíamos pensado, pero que, al verlas, sorprenden).
Aquí, el pretexto para darle un nuevo giro a la fórmula ya detallada es la desaparición de Katie Cannon (Natalie Grace, en un debut magnífico), hija del reportero Charlie (Jack Reynor), quien vive temporalmente en el Cairo, Egipto, como corresponsal, con su esposa Larissa (Laia Costa), y su hijo Seb (Shylo Molina en la etapa adolescente del personaje),
Resulta que a Katie se la llevó una extraña, conocida como la Maga (Hayat Kamille), para involucrarla en un antiguo ritual de posesión familiar. El caso es que, aunque al principio las autoridades locales y los padres de la niña intentan buscarla, no la encuentran. Así, pasan 8 años sin noticias –en los cuales la familia regresa a su hogar original en Nuevo México–, hasta que, un día, los Cannon reciben la llamada esperada: su hija reapareció.
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Confusión estimulante
Es este punto específico de la trama el que el realizador utiliza para dar rienda suelta a sus obsesiones. Cuando la niña llega a la casa, empieza a comportarse de manera extraña. A veces está catatónica, a veces hace ruidos, a veces se arranca la piel o “vendaje”, porque sí, regresó momificada, y de hecho la encontraron adentro de un sarcófago.
No tiene sentido negar que, a ratos, es imposible saber para dónde va la propuesta, porque mientras estamos en completa tensión por el hecho de no saber cómo se va a comportar la “nueva Katie”, en el conjunto se insertan escenas que sólo existen para homenajear a varias películas dramáticas con tintes detectivescos.
Estos fragmentos, en los que Charlie investiga por su cuenta dónde estuvo metida su hija tantos años, y en los que destaca la interpretación de May Calamawy como la decidida agente Zaki, sirven como una especie de amortiguador hipnótico –sobre todo por la elegante edición de Bryan Shaw, vertiginosa y con gran manejo del ritmo– para que no nos estresemos con tanto susto.
Pero a lo que entramos a la sala es a asustarnos. Por eso, cuando regresamos a la casa, o cuando viajamos a los imponentes paisajes de Egipto, Cronin y el fotógrafo Dave Garbett acentúan los aspectos más lúdicos, o juguetones, de las narrativas que usualmente se asocian con momias… y posesiones, esto mediante paneos frenéticos y tomas aéreas abiertas y giratorias, entre atmósferas inquietantes, bastante melancólicas y con una sensación emo.
¡Cuevas oscuras! ¡Insectos comidos! ¡Fluidos corporales asquerosos! ¡Lenguas ancestrales que también son códigos para descifrar! ¡Rituales turbios! Todo se va “desenvolviendo”, soltando capas.
Pronto, la rebeldía y diversión –¡Sí, la mayor parte de esto es muy divertido!– adquieren un tono reflexivo. ¿Hasta qué punto es sano enterrar la tristeza cuando alguien nos falta?
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