Un relato que no se contiene y usa todos los recursos que tiene a la mano para petrificar al público
Se ha dicho hasta el cansancio, pero con una cinta como Obsesión, está completamente justificado destacar que no se parece a nada que se haya visto antes. En un subgénero como el del horror sobrenatural, eso es sumamente difícil porque, de entrada, es el más accesible para crear metáforas a distintos temas sociales, así que hay de dónde escoger, desde el amor, el aislamiento o la culpa hasta la discriminación o presión por cumplir normas de comportamiento.
En este sentido, la película de Curry Barker no se complica. El fenómeno a explorar aquí son las consecuencias de la egolatría y de pensar que podemos tener control sobre alguien. La propuesta está sobre la mesa, así que, naturalmente, lo que nos mantiene en la sala oscura durante 1 hora y 48 minutos es la expectativa de ver cómo se desarrolla. Como adelanto, diré que se hace con una actitud retadora, que da paso a una travesía desoladora y nada complaciente, al punto de dejarnos en shock.
Cero restricciones (bajo riesgo propio)
La premisa que pone las cosas en movimiento es simple. Bear (Michael Johnston) es un joven que está enamorado de su amiga Nikki (Inde Navarrette), pero no sabe cómo decírselo. Más adelante, utiliza una curiosa vara que supuestamente, al romperse, concede cualquier deseo, y el de él es que ella lo ame incondicionalmente. Esto desata una espiral de eventos diabólicos y desconcertantes.
Resulta impactante la destreza con la que, desde el guion, escrito por el propio Barker, se logra que la idea –que bien podría parecer en extremo exagerada o caricaturesca– se quede siempre en el mismo nivel de intensidad, sorteando de manera práctica y sin mucho esfuerzo aparente los clichés de películas sobrenaturales en las que, poco a poco, van sucediendo cosas perturbadoras.
Incluso podría decirse que en lo que principalmente se distingue esta cina de otras con temática similar es en el claro disfrute que tiene cambiando la estructura de la narrativa sobre consecuencias macabras y estirando un poco más la liga para que el aterrizaje en el punto final tenga más elementos con los cuales jugar antes de que todo explote.
La ansiedad como experimento
Es imposible apartar los ojos de la pantalla y, aunque a veces no queda más remedio que cubrirlos mientras estamos temblando, la creatividad y naturalidad con la que se presenta la inquietante transformación de Nikki hacen que cada movimiento, cada grito sea importante para el todo.
Con esto, se confirman dos cosas: Inde Navarrette es una fuerza camaleónica como actriz. No le importa ir más allá cuando la situación lo requiere y es maravillosa su habilidad para hacer de la inocencia algo profundamente triste. Es ella quien con inestabilidad potenciada hace de este un viaje malsano y fascinante.
También queda claro que Barker no le teme al exceso. Aquí, además de un tremendo ejercicio de estilo en el que abundan los filtros azules, la música synthwave y un detallado diseño de sonido, lo que destaca es el hecho de que todo tiene un propósito, que es el de llevar todo a las últimas consecuencias. Todo es directo. Todo es como tiene que ser. No hay salvación.
Prueba irrefutable de que lo asfixiante puede ser un gran espectáculo.
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