El director y los protagonistas cuentan por qué esta tragicomedia es una propuesta cálida y enternecedora
Hay encuentros que nos marcan y hacen que cambie por completo la manera en que percibimos nuestro entorno. Con Moscas, su más reciente proyecto, el realizador Fernando Eimbcke pinta un hermoso retrato de lo que sucede cuando se cruzan dos almas que no sabían que se necesitaban.
La cinta, además, no se conforma con ser un mágico manifiesto sobre el poder de la serendipia, pues funciona, también, como una juguetona respuesta a las decisiones sombrías que muchas veces se toman cuando se abordan las despedidas en el cine.
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Lo reconfortante de las cosas simples
Como protagonistas tenemos a Olga (Teresita Sánchez), cuya cotidianidad está opacada por la soledad que ha transformado en frialdad, y Cristian (Bastian Escobar), un niño que, junto con su padre, Tulio (Hugo Ramírez), espera la recuperación de su madre, quien se encuentra batallando contra una enfermedad terminal en el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre, de la Ciudad de México.
Olga les renta un cuarto de su departamento para que la espera sea menos pesada, pero, al principio, no espera crear ningún tipo de conexión con ellos. Sin embargo, de a poco, el travieso y curioso Cristian se empieza a ganar el corazón de la mujer. Con muchísima naturalidad, su lazo se fortalece. El conjunto se enfoca en construir esta relación con una idea muy potente de base, que nos hace ver que los recuerdos de nuestros seres queridos están con nosotros incluso al hacer actividades pequeñas.
Mientras el niño siente que su mamá está con él cuando juega el videojuego de maquinita que ella le ayudó a dominar, la dueña del cuarto recuerda a un gran amigo que se fue mientras baila al ritmo de Chachachá.
“A veces queremos guardar las cosas grandes, pero no. Es en un detalle, un parpadeo, una mariposa”, nos cuenta Teresita en entrevista, cuando le preguntamos en qué encuentra a sus seres amados. “Recuerdo que cuando murió mi esposo, era eso. Yo le decía: ‘Manifiéstate en una mariposa azul’, porque no hay muchas. Y aparecía, y para mí era algo muy emocionante. O veía una bicicleta y sentía que estaba su presencia ahí”.
Por su parte, Hugo confiesa: “El hecho de saber que están ahí, ya significa algo”.
Fernando también nos comparte su punto de vista y su experiencia con estos encuentros que llegan en el momento perfecto:
“Creo que, si nos detenemos a observar, en donde sea, vamos a encontrar cosas muy hermosas, muy bellas. O sea, lo humano se manifiesta en esas cosas tan pequeñas. Creo que también empezamos a perder una capacidad de observar, de ver. Y siempre decimos: ‘Esto va a ser increíble, va a ser un día soleado y la comida será increíble’. Y de repente no. Hay cosas que no son tan increíbles, y también ahí se manifiesta la belleza”.
La otra cara del duelo
Con Moscas, Fernando regresa a una de sus obsesiones, que consiste en buscar lo luminoso en medio de un evento oscuro o trágico. La fotografía en blanco y negro, a cargo de María Secco, delata la intención de darle la vuelta a lo que usualmente se hace con narrativas que tratan temas sobre la condición humana y lo efímero de la existencia.
Aquí, ese recurso estilístico acentúa la calidez, pero también precisa el objetivo del guion, coescrito con Vanesa Garnica: resaltar que los momentos de dificultad se sobrellevan mejor en compañía y con alegría.
Teresita apunta:
“Para mí es importantísimo. Es como decirle ‘sí’ a la vida. Si te quedas aquí, dile sí a la vida y entonces haz todo lo que esté de tu parte para honrar a quien ya no está presente, ¿no? Siento que es la manera que yo he encontrado de enfrentar mis duelos. Decir: ‘Si me quedo, me quedo bien, me quedo al cien’. Incluso Fer habla del humor de una manera que a mí me maravilla y que es también la manera que yo he encontrado de salvarme. Por ejemplo, cuando murió mi esposo, dije: ‘Hay parejas que cambian de planes, pero él cambió de plano, ya no está en este plano terrenal’ [ríe]. Eso me ha ayudado mucho a sobrellevar dolores y duelos”.
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Claro que, para plasmar esa omnipresente rebeldía ante la melancolía, la película no sólo se recarga en su tono, sino en otros dos elementos. El primero, la animosa y comprometida interpretación del actor debutante Bastian Escobar, de 9 años.
“Es un niño muy talentoso”, comenta Fernando. “A mí me enseñó una nueva técnica de dirección. Teníamos muchos diálogos, habíamos escrito muchos diálogos, y no es que a un niño no le interese o no lo quiera hacer, sino que para él no tienen sentido. Muy difícil. Entonces me forzaba a quitar esos diálogos y hacer escenas, lo que llamamos escenas dramáticas, ¿no? Acciones sencillas, claras, precisas. Creo que eso es algo que, como director, te llevas así en tu bolsita y fue un gran, gran, gran aprendizaje”.
Hugo agrega:
“Yo me quedo con toda su disposición. Es un niño muy dispuesto a lo que se le pedía y con mucha energía. Fue ver a un niño trabajar de tal hora a tal hora y con el mismo rigor. Sí es pesado, pero ahí estuvo y no soltó la varita de la exigencia”.
“Antes de entrar al set jugábamos mucho, había mucha química para entrar en esa atmósfera de papá e hijo y plantear esta propuesta de esta relación maravillosa que se tiene, que se logra ver y sentir en la pantalla, en la historia. Creo que es eso. Con Bastian hice mucha química. Se dejó querer, se dejó apapachar. Yo también estuve abierto a lo que él proponía en esa infancia tan natural que tiene. Entonces dije: ‘De aquí me agarro’, y surgió esa química que creo que se logra transmitir”.
De acuerdo con Teresita: “Bastian tiene una determinación impresionante para su edad. Entonces, a mí me maravilla esto y me deja la claridad y la sensación de que es muy valiente y que se necesita eso para vivir”.
El otro elemento que destaca como antídoto para la tristeza es una presentación “colorida” e intensa de la ciudad. Sobre este toque urbano, Fernando platica:
“Es mi homenaje a esta ciudad que odio y amo minuto a minuto. O sea, es un caos esta ciudad, pero también es maravillosa, ¿no? Y va a haber una historia increíble. Tenemos una cuestión cultural de que es muy, muy festiva y esta película también es muy festiva. Como cuando el niño está viendo los juguetitos y el vendedor le dice con la bocina: ‘¿Cuánto traes?’”
A esto, añade:
“Es mucho ingenio. Se habla mucho del humor de esta película. Yo creo que es el humor que se respira en la ciudad. Esta película es una carta de amor a la Ciudad de México”.
Todo este júbilo que se desprende de los fotogramas tiene como propósito demostrar que siempre es posible voltear hacia adelante. Como menciona Hugo:
“Me encantaría [que el público se quede con eso]. Hay forma de no rendirse ante las circunstancias o adversidades que te pone la vida. Hay por qué seguir soñando y luchando”.
Moscas llega a salas de Cinépolis el 1 de julio.
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