Omar Chaparro nos sorprende con una interpretación íntima y vulnerable en un drama que reivindica la inocencia incluso en los lugares más oscuros
En La celda de los milagros, Omar Chaparro interpreta a un hombre con discapacidad intelectual injustamente encarcelado. La premisa podría parecer conocida: una historia de injusticia, ternura y redención.
Pero lo que distingue a esta adaptación dirigida por Ana Lorena Pérez Ríos es su mirada sobria y humana, capaz de sostener la emoción desde la sencillez. Rodada en Colombia, la película retoma la historia de la cinta turca Milagro en la celda 7, pero la convierte en un relato íntimo sobre la inocencia y la fe en lo humano.
Desde los primeros minutos, la cinta asume un riesgo evidente: colocar al frente a un actor identificado durante años con la comedia para interpretar a un hombre con discapacidad. En la conversación, Chaparro lo reconoce sin rodeos. “Sí, sí, totalmente”, dice. “Sobre todo por el antecedente de que yo he hecho mucha comedia, muchos personajes en la televisión. Pero cuando decidí cambiar, migrar a otros horizontes, hacer cine y dejar atrás el pasado, sabía que iba a hacer esto”.
El actor reconoce que el público carga con una imagen previa de él y que no es fácil romperla. “Cuando tienes un reconocimiento, cierto éxito en un área y quieres cambiar, hay mucha resistencia, porque le desacomodas a la gente sus cajones mentales: donde tú eres el conductor, tú eres el comediante. Pero eso me encanta”, agrega. “Me encanta sobre todo romper los paradigmas de la gente y, sobre todo, los míos”.
Ese riesgo atraviesa la película. Por momentos, la frontera entre el drama y la parodia podría parecer difusa, pero conforme avanza la historia esa sensación se disuelve. A los pocos minutos, el artificio desaparece y el personaje se impone por sí mismo.
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Chaparro logra conectar con una vulnerabilidad profunda que deja atrás los gestos aprendidos para dar paso a la inocencia. “Más que estudiar una enfermedad, observé a niños de cinco o seis años. Cómo caminan, cómo se asombran, cómo confían”, explica. “De ahí nació el personaje”.
“Sabía que iba a ser difícil, pero a esta altura de mi vida necesito que lo que hago me emocione. Si no me da miedo, no me sirve. Así que transformé el miedo en emoción”. Esa confesión resume su tránsito artístico: el de un comediante que decide abandonar el terreno seguro para explorar lo desconocido.
Su personaje no busca inspirar lástima ni provocar ternura gratuita: simplemente existe, y en esa existencia revela la humanidad que el entorno parece haber olvidado.
La interpretación se sostiene también en la relación con la niña que interpreta a su hija, Alma, papel de Mariana Calderón, una actriz de apenas cinco años. “Cuando hicimos el callback, la directora dudaba porque era muy chiquita”, recuerda Chaparro. “Pero yo le dije: ‘es ella’. Tiene una chispa única. No necesitaba guion; solo le contabas la escena y la vivía”. Esa espontaneidad se convierte en el corazón emocional del filme: más que padre e hija, parecen dos cómplices que comparten una forma pura de ver el mundo.
El rodaje tuvo lugar en un antiguo convento colombiano, un espacio que se transformó en prisión para la historia. “Era como una catedral pequeña. De hecho, por eso la cárcel se llama La Catedral”, dice el actor. Las paredes húmedas y la luz que entra por los vitrales aportan una atmósfera simbólica: la fe y la culpa conviven en el mismo espacio.
Esa tensión entre lo espiritual y lo terrenal atraviesa toda la película, que no busca un milagro religioso, sino humano: el de conservar la bondad incluso en medio de la desesperanza.
La dirección de Ana Lorena fue esencial para encontrar el tono justo. “Yo no habría podido hacerlo igual sin la confianza que me dio”, comenta Chaparro. “Me decía: ‘Date, aviéntate, yo te cuido’”. Desde esa guía, el actor construye un personaje que no se endurece ante la violencia ni responde con odio. “Llega a un lugar oscuro, lleno de rabia, y sin proponérselo transforma la energía. Es como si entrara un ángel”. En esa imagen se condensa la esencia de La celda de los milagros: una película sobre la posibilidad de conservar la inocencia en medio de la adversidad.
La cinta se apoya en su carácter atemporal. No hay una época definida ni referencias directas al presente. “Queríamos que se sintiera fuera del tiempo, como si pudiera pasar en cualquier parte. No hay narcos ni clichés. Es una historia humana”. Esa elección refuerza su cualidad de parábola: una historia pequeña, pero universal, donde la inocencia se convierte en una forma de resistencia frente a la dureza del mundo.
Durante el rodaje, Chaparro también trabajaba en su álbum Inesperado, y de ese proceso surgió “Alma de mi alma”, la canción que acompaña la película.
“Les conté a mis compañeros del campamento de composición sobre la película y sobre la niña, que se llama Alma. La historia los conmovió tanto que escribimos la canción esa misma noche. Se la mandamos a la directora y le encantó”.
La pieza cierra el filme como un eco que prolonga su emoción más allá de la pantalla.
El resultado no pretende reinventar el drama carcelario ni el melodrama. Su poder está en la sencillez, en la manera en que convierte un entorno áspero en escenario para la empatía. Chaparro lo resume así: “Yo creo que todos llevamos un niño adentro. El problema es que lo vamos encerrando. Esta película me permitió volver a abrir esa puerta”.
En tiempos donde la dureza parece norma, La celda de los milagros recuerda que la inocencia no es ingenuidad, sino una forma de seguir creyendo en lo humano. Y quizá ese sea su verdadero milagro.
Esta nota es una adaptación de un artículo publicado en el #8 de Paloma & Nacho, la revista.
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