Esta es una película que se atreve a ir a lugares que muy pocas propuestas exploran. El resultado… caos y muchas reflexiones
Cuando hay caos, hay emociones a flor de piel, y eso queda perfectamente capturado en la película El drama, que ya llegó a las pantallas de Cinépolis para sorprender a más de una persona con la manera tan atrevida en la que pone sus temas sobre la mesa. Una entrega que inevitablemente nos hace cuestionarnos qué es lo correcto.
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Esto escaló muy rápido
Al ver El drama pensé que era una película incómoda, estresante e impredecible, pero que quizás esos aspectos eran lo que la convertía en algo digno de verse, porque al amplificar aquello que es menos complaciente, invita al espectador a seguir viendo lo que pasa, pues el nivel de incertidumbre aumenta. No es algo que repele, sino que cautiva.
En este sentido esta es una película cuya incomodidad está potenciada por las interpretaciones de Zendaya y Robert Pattinson en los que creo que son sus mejores papeles hasta la fecha. La razón es que sin esfuerzo ambos se ponen en sintonía con la intención del director Kristoffer Borgli, quien claramente quería mostrar a los protagonistas, Emma y Charlie, como personas imperfectas.
Precisamente ahí está el principal acierto de la cinta, pues de entrada se nos comunica que lo que estamos a punto de ver no es algo que idealice las relaciones como algo color de rosa. De hecho, esto se vuelve más evidente en la primera escena, en la que Charlie le habla por primera vez a su futura esposa: comete errores, así que los dos acuerdan empezar de nuevo.
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¿De qué va El drama? De nada de lo que se espera
Emma y Charlie están planeando su boda desde hace tiempo, y justo cuando falta una semana para el evento, ella revela un secreto que había mantenido enterrado por años: cuando era adolescente, planeó un tir*te0 escolar. No tarda mucho en revelar que no siguió con el plan y muy pronto se convirtió en activista contra el uso de las armas.
Si bien Emma dejó claro que cambió con el tiempo, su prometido y sus amigos, Rachel (Alana Haim) y Mike (Mamoudou Athie), las dudas no dejan tranquilo ni al protagonista ni a su círculo íntimo. Nadie puede dejar de cuestionarse si es correcto que este matrimonio se lleve a cabo.
Se ha hablado mucho de cómo la película pone el foco en el hecho de que es posible olvidar el pasado de las personas para ofrecer amor verdadero, y sí, gran parte del mordaz guion de Borgli –que se centra más en las reacciones nerviosas a la situación– habla de esto, pero de forma muy inteligente hace énfasis en algo que, por lo menos desde hace mucho tiempo, ya no se veía de forma tan marcada en un proyecto para cines: cuando hay prejuicios, las cosas se pueden salir de control, sobre todo cuando no hay apertura al diálogo.
Esto queda representado a la perfección con Rachel, quien inmediatamente corta lazos con la pareja estelar tras enterarse del secreto que desencadena el conflicto. Sin más, ella decide que no puede perdonar a su amiga, ya que un ataque como el que planeó hace tantos años se tradujo en una complicación familiar.
Así, destaca lo más importante del conjunto: no banaliza la complejidad de su tema central, sino que más bien, con elegancia, critica esa banalización y normalización. El humor, entonces, no sólo es para hacer reír, sino para crear conversaciones sanas, con distintos puntos de vista.
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