Con Jessie Buckley y Paul Mescal como protagonistas, este drama explora cómo el dolor puede ser el mayor impulsor del arte
Una de las películas más destacadas de la temporada de premios fue Hamnet, dirigida por Chloé Zhao. El drama llegó a los Academy Awards con múltiples nominaciones en categorías clave, entre ellas Mejor película, Mejor dirección y Mejor actriz para Jessie Buckley, quien finalmente se llevó la estatuilla por su interpretación de Agnes. El guion, basado en la novela homónima escrita por Maggie O’Farrell, se inspira en un capítulo poco explorado de la vida real de William Shakespeare y su esposa, Agnes Hathaway. Entre creatividad, pasión y una pérdida irreparable, Hamnet ha llevado a millones de espectadores a redescubrir la historia detrás del célebre dramaturgo, por lo que vale la pena explorar qué ocurrió realmente hace más de cuatro siglos.
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Los años perdidos
En 1582, William era un joven de 18 años sin un futuro claro que dejó embarazada a una mujer ocho años mayor que él: Anne Hathaway (a quien O’Farrell llama Agnes en la novela siguiendo el testamento de su padre). En esa época, un matrimonio así era motivo de escándalo y chismes, pues se casaron a toda prisa. Tras el nacimiento de su primera hija, Susanna, llegaron los gemelos: Judith y Hamnet.
Lo que ocurrió después es lo que los historiadores llaman “los años perdidos”. William dejó Stratford para probar suerte en Londres, dejando a su esposa e hijos en una casa llena de parientes. Esta separación física es el punto de tensión en la historia. Mientras William construía un imperio literario, Anne / Agnes criaba a tres hijos en la relativa soledad de una provincia azotada por la falta de higiene y las enfermedades. La “historia real” no es una de éxito, sino de una familia dividida por la distancia.
En agosto de 1596, la tragedia golpeó a William y Agnes. Hamnet murió a los 11 años. En los registros parroquiales solo aparece una línea: “Hamnet, filius William Shakespeare”. No hay una causa de muerte escrita, pero la teoría de la peste bubónica siempre ha estado ahí. Si algo ha convertido este acontecimiento en algo tan potente es el vacío de la información. No se sabe si William estuvo presente, pero muchos creen que estaba en Londres cuando un mensajero llegó con la noticia y lo hizo volver.
Cuatro años después de la muerte de su hijo, Shakespeare escribió Hamlet. Para muchos críticos antiguos, era solo una coincidencia de nombres. Sin embargo, O’Farrell y la directora Chloé Zhao lo vieron como un acto de duelo desesperado. En la obra de teatro, un hijo habla con el fantasma de su padre; en la vida real, un padre buscaba hablar con el fantasma de su hijo.
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Reivindicando a Agnes
Maggie O’Farrell siempre sintió que la historia había sido injusta con Hamnet. Creía que se le relegó a una simple nota al pie de página en las biografías de su padre. Además, le molestaba la imagen histórica de Anne Hathaway (Agnes en el libro), a quien muchos académicos pintaban como una mujer mayor que “atrapó” a un joven Shakespeare en un matrimonio infeliz. O’Farrell decidió darle la vuelta a la narrativa para explorar el duelo de ambos. Mientras Shakespeare triunfaba en los teatros de Londres, su familia lidiaba con el vacío de una cama vacía en Stratford.
La mayor libertad creativa en la novela (y por consiguiente, en la película) es la personalidad de Agnes. En el libro, se nos presenta como una mujer con habilidades curativas, que entiende el lenguaje de las plantas y puede ver el futuro en la palma de la mano. No hay pruebas históricas de que Anne Hathaway fuera una “bruja” o sanadora. Sin embargo, esta decisión permite que la novela se aleje de los datos fríos para convertirse en un relato místico sobre la conexión entre la vida y la muerte.
“Lo que hice fue volver a las obras y leerlas de otra manera, a ver si podía encontrarla (a Agnes), porque siempre he sentido que puedo ver a Hamnet en Hamlet, pero a ella no. Leí que, en aquella época, cada hogar tenía un huerto medicinal. Y era responsabilidad de la mujer de la casa, la matriarca, saber cómo preparar medicinas y tratar dolencias. Los hombres no lo sabían, y así me inspiré para darle ese don”, asegura Maggie O’Farrell (vía).
Si en algo han coincidido los críticos y cinéfilos de otros países, es en que Hamnet nos invita a mirar detrás de la fama del genio para encontrar al hombre que llora. Es una invitación a recordar que, detrás de cada gran obra de arte, suele haber una herida que nunca terminó de cerrar.
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