Una absurda batalla por sobrevivir. ¿Listo para este duelo explosivo?
Para Sam Raimi, el horror tiene que ser retorcido. Siempre que hace películas de este subgénero demuestra que lo suyo es ofrecer una mirada a lo tenebroso desde lo cruel y ácido, pero con un toque despreocupado. Con ¡Ayuda!, su nueva cinta, Raimi regresa a ese tipo de proyectos que llevan a la audiencia al límite, pero ofreciendo algo a cambio.
En este caso, lo que justifica la vorágine emocional son las estupendas actuaciones de Rachel McAdams y Dylan O’Brien. Les pasa de todo, pero nunca dejan de ser magnéticos y teatrales. Te aseguro que, aunque salgas de la sala con un ataque de nervios, habrá una sonrisa en tu rostro después de verlos juntos.
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Ya no estamos en la oficina
La premisa de la cinta es engañosamente simple: Linda Liddle (McAdams), gerente de planeación y estrategia de una compañía, es maltratada por Bradley Preston (O’Brien), su jefe prepotente, sexista e infantil. Un día, mientras van de viaje a Bangkok para cerrar una fusión con otra empresa, su avión sufre una avería y ellos caen en una isla desierta como los únicos sobrevivientes. La tensión entre ellos crecerá poco a poco.
Con maestría, el conjunto le saca el máximo provecho a la única locación en la que permaneceremos durante una gran parte del metraje, y es que, aquí, lo que nos hará sacudirnos no es algo sobrenatural, sino la vileza en la que se puede caer cuando no se está en la zona cómoda. Y sí, ya hay varias cintas que hablan de lo mismo. Sin embargo, ninguna lo hace con tal desparpajo.
La isla es un personaje más, con el que se logra algo curioso: se sabe que es un espacio donde abunda el peligro. Sin embargo, la fotografía de Bill Pope, siempre dinámica y llena de color, la presenta como un sitio amigable, caluroso y paradisiaco, que invita a pasar tiempo ahí.
Así, queda al descubierto el propósito de esta radical oda al engaño que preparó Raimi: es imperativo que nunca –¡nunca!– sepamos qué es lo que nos va a pegar. Se agradece que esto también aplica para la música compuesta por Danny Elfman, que a ratos se engolosina con la grandilocuencia propia de una ópera, pero también tiene momentos en que sus acordes minimalistas parecen más bien pensados para una sitcom lanzada en la década de los 90.
En cuanto al tono, esta intención se define también mediante la decisión de insertar la comedia pulp y de aventuras en puntos específicos de la película donde comúnmente no se verían. Ejemplo: en un momento estamos presenciando los dimes y diretes de Linda y Bradley, y al otro atestiguamos una sangrienta y ridícula secuencia de cacería de un jabalí. Toda una montaña rusa.
Locura con trasfondo necesario
Por supuesto, nada de esto funcionaría si no fuera por las comprometidas interpretaciones de los dos estelares, quienes, en medio de esta espiral malsana – que por si fuera poco incluye guiños a Evil Dead y Spider-Man–, se descaran frente a la audiencia, literal y figuradamente, dejando ver que son histriones osados, que no temen mostrarse desquiciados para lograr sus objetivos. Resulta increíble ver cómo se desenvuelven en roles que les exigen tanto, pero que al mismo tiempo pareciera que no requieren esfuerzo. La química entre ambos, y sobre todo la suavidad con la que pasan de la manía a la carcajada, a la tranquilidad, a los trancazos e incluso al llanto desconsolado, deja una marca difícil de borrar en el espectador.
Así, sólo queda destacar que probablemente sean estas mismas actuaciones desenfrenadas las que, al salir de la oscuridad y reír un rato, nos hagan pensar si algo así podría suceder y, después de sacudir la cabeza, estremecernos. ¿Hasta qué grado puede escalar semejante situación y el egocentrismo de alguien que no puede aceptar la idea de perder el poder? La respuesta puede ser absurda.
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