La sensación de internet se convirtió en película. Aquí te contamos si se corona como digna representante del horror contemporáneo
Ya son varios los creepypastas llevados al cine, pero los resultados han dejado mucho que desear. Con la llegada de Backrooms: Sin salida, la cosa cambia para bien, en gran medida porque al mando del proyecto está alguien que se ha involucrado con su narrativa desde hace mucho tiempo, y que sabe qué es lo que la hace distinguirse entre otras ofertas de horror y ciencia ficción.
Si hay algo que Kane Parsons y su equipo hacen bien con su cinta es proyectar seguridad, y da gusto ver que se usan de forma lógica las piezas del rompecabezas. Es decir, cumple con lo que promete, pues entrega una experiencia alucinante cuyo mayor mérito es que demuestra que sí hay mucho material para explorar dentro de las leyendas urbanas digitales. Lejos de quedarse como una curiosidad de redes sociales, se expande para hablar, con ingenio de sobra, de temas que siguen siendo importantes para la sociedad, sobre todo en una era de ensimismamiento colectivo.
No es arriesgado atreverse a decir que esta es una ópera prima que rompe paradigmas, porque sí, lo hace y con mucha energía positiva. Impacta, aunque a ratos su ambigüedad se siente tramposa.
NOTA: Vienen SPOILERS LIGEROS de Backrooms: Sin salida
Tabla de contenidos
A favor: una adaptación bien pensada
Vamos al grano, respondiendo la pregunta que dominará la conversación. Afortunadamente, estamos ante un gran salto de los cortos originales de YouTube a la pantalla grande, en donde la idea de unos cuartos interminables jamás se siente como pretexto para sorprender a quienes asisten a la función y no ofrecer nada más que un magnífico despliegue técnico. Al contrario, la introducción de este recurso se justifica muy bien porque todos en la producción entienden que está enraizada en una corriente reciente: la del cine hecho por y para la generación Z, la ansiedad filmada sin miedo a crear alegorías que podrían parecer obvias, pero son pertinentes.
Backrooms nos cuenta dos historias de vida que, en cierto punto, se unen. Por un lado, la de Clark (Chiwetel Ejiofor, en una bienvenida exageración de sus expresiones y acciones), administrador de una tienda de muebles que va a terapia para intentar comprender qué está mal en él, ya que un conflicto reciente en su matrimonio lo hizo darse cuenta de que aleja a cualquier persona que intenta establecer una relación significativa con él.
También conocemos a su psicóloga, Mary (Renate Reinsve, con tristeza contenida que deja ver cierta rabia), quien tiene sus propios demonios, presentes en sus recuerdos de su madre, quien fue recluida en una institución de psiquiatría cuando ella era pequeña.
Cuando Clark entra inesperadamente a los Backrooms, ubicados en su tienda sin que él lo supiera, Mary va a buscarlo y acaba en esta dimensión. Ahora, ambos comparten sus traumas, aunque no estuvieran preparados para hacerlo.
Es interesantísimo cómo se utiliza la cotidianidad de los protagonistas para diseccionar la necesidad de los humanos por voltear hacia lo que les da seguridad. Se trata de darle un rostro a la timidez y las reacciones calmadas en una era en la que hay estímulos por todas partes. La ansiedad se puede sentir como adrenalina pura, pero también como un antojo de desconexión momentánea, para entrar en introspección.
A favor: el jugueteo con la forma sin perder el enfoque del tono
Parsons entrega un crisol de elementos sensoriales que, al menos para quien escribe, se apegan sin problema a un relato de aventuras. Se nos presenta a un personaje al que le pasa algo que detona su curiosidad y una contraparte que se muestra dudosa y renuente a aceptar lo que sucede, pero que se lanza a rescatarlo.
Incluso muy al principio hay sidekicks, Kat y Bobby (Lukita Maxwell y Finn Bennett), empleados de la tienda de muebles que acompañan a Clark a investigar qué son estos cuartos amarillentos. Hay una escena en particular que se enfoca en ellos, en la que el director, el cinefotógrafo (Jeremy Cox), el editor (Greg Ng) y el diseñador de producción (Danny Vermete) dejan claro que, con rebeldía, abordarán las preocupaciones temáticas, mezclando de forma alocada el found footage y la estética noventera con lo que se filmó de manera tradicional, o haciéndonos sentir en un videojuego trepidante para, después, abruptamente, volver a la naturaleza contemplativa y extrañamente relajante de las imágenes originales.
La gran ejecución de la psicodelia provoca escalofríos de euforia en varios momentos.
Podría ser mejor: el resultado se siente apresurado
Justo cuando estamos empezando a conocer a los protagonistas y lo que quieren o buscan, llegan las primeras advertencias de que todo acabará sin dar muchas respuestas. ¿Quiere dar estas respuestas? Sí… hasta que se decide que ya no.
Esta es una decisión que algunas personas celebrarán, y es que se puede leer como un compromiso total con la abstracción, o como un homenaje a las trayectorias de otros cineastas guardianes de lo escabroso, aunque en realidad se siente más como iniciador de su propio universo cinematográfico.
¿Vale la pena ver Backrooms?
Es un debut valiente que, además, no teme abrazar sus referencias y plantarse como reflejo del espíritu de sus tiempos (está bien no estar bien). Sin embargo, la rareza propia de su mundo, o lore, exige más tiempo para desarrollar sus ideas plenamente, cosa que no sucede. Es seguro que volveremos aquí. Y lo haremos con gusto.
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