Conoce el legado del festival.
Hoy en día, hay una fiesta a la que los cinéfilos mexicanos nunca podemos faltar. Se trata del Festival Internacional de Cine de Morelia, ese gran evento en el que, gracias a la presencia de cineastas, cinéfilos y nuevos amantes del arte, las calles de Michoacán se convierten en una fiesta llena de amor a las películas. Sin embargo, su planeación y grandeza, no siempre fue así. Hubo momentos en los que el encuentro cinematográfico, más allá de su exclusividad y pluriculturalidad, fue únicamente un espacio necesario para los creativos.
El @ficm ha sido una gran ventada ¡para muchos tipos de pelis! 🥳🎬 Y su importancia cada día va creciendo. 😲✨ Checa por qué en @Paloma_Nacho 👉 https://t.co/pUYzjFGziE pic.twitter.com/6B7pMmjget
— Cinépolis (@Cinepolis) October 12, 2025
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Así nació el FICM
Su historia comenzó a principios de los 2000, cuando el cine mexicano se encontró en un momento complicado. Películas como Amores perros, Y tu mamá también y Sexo, pudor y lágrimas, que hoy son historias ícono de México, no tenían la oportunidad de llegar a los ojos de todo el mundo. Sonaban los aplausos… pero faltaban pantallas.
¿Había talento? Sí. ¿Películas? También. ¿Espacios para mostrarlas y discutirlas? Pues… no tanto.
Así es como Daniela Michel, en 1994, se juntó con Enrique Ortiga para organizar unas jornadas de cortometrajes mexicanos en la Cineteca Nacional. Después de su éxito, llegó una idea más grande, la que lo cambió todo: llevar su trabajo de la cineteca hasta Morelia. ¿Por qué a Morelia? Porque ahí está el cine más viejo de Cinépolis. Se sumó Alejandro Ramírez, director de la cadena, y Cuauhtémoc Cárdenas Batel, cinéfilo de corazón y exgobernador de Michoacán. ¿El resultado? EL nacimiento oficial del FICM en 2003.
El cine se exhibe y se celebra
Desde el primer minuto, existió una misión: impulsar al cine mexicano, desde los cortos más modestos hasta los documentales más arriesgados. A lo largo de los años, mientras se hacía de renombre, muchos de los artistas en asenso unieron fuerzas con el festival y poco a poco se creó una comunidad cinéfila más fuerte en el país. Claro, esto impulsó sus pasos en la escena internacional.

El festival no sólo proyectaba películas. Las celebraba, las ponía en conversación, les daba contexto y comunidad. Y eso, en el mundo del cine, es oro puro.
Desde el inicio, el FICM se conectó con el cine más distinguido del mundo, como los cortometrajes de Cannes, los cuales incluyó desde su primera edición.
El FICM no sólo muestra películas, también lanza carreras. Desde cineastas grandes como Guillermo del Toro, hasta autores con su ópera prima, como los Hermanos Ambriz (con el estreno de Soy Frankelda este año), han encontrado un lugar para presentar sus trabajos y darse a conocer en el mundo.
La magia del festival
El festival es un set vivo. Los hoteles están llenos de invitados y fans. Los restaurantes se vuelven salas de debate improvisadas. En los cafés se dan charlas espontáneas que valen más que mil conferencias. La ciudad se sumerge en cine. Literalmente.
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Hoy, el FICM no sólo sigue vivo, sino que se ha consolidado como el espacio más importante para el cine mexicano. Es un lugar donde las películas encuentran público, los públicos encuentran historias, y las historias encuentran futuro.
Así que sí, es una fiesta. Pero no cualquier fiesta. Es la fiesta donde el cine mexicano se pone su mejor traje, se aplaude a sí mismo, para luego conquistar el mundo.
- Esta nota es una adaptación de un artículo publicado en el #7 de Paloma & Nacho, la revista.
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