Una mente marcada por el dolor terminó por inspirar a varias generaciones
Luego de sorprender al público gracias a su desempeño en La empleada, Amanda Seyfried está de regreso con uno de sus proyectos más aclamados hasta la fecha: El testamento de Ann Lee. Inspirada por la historia de una de las mujeres más seguidas y populares en el siglo XVIII, la película ha sido aclamada por los críticos. Destacan sus increíbles valores de producción, el arrojo de su protagonista y la forma en que retrata uno de los movimientos espirituales más influyentes en Estados Unidos. Si quieres saber qué se esconde tras la cinta dirigida por Mona Fastvold (coguionista de El brutalista), a continuación, te presentamos la historia real de El testamento de Ann Lee.
En un siglo XVIII dominado por hombres y por una visión de Dios estrictamente masculina, Ann Lee se atrevió a proponer que la divinidad también tenía un rostro de mujer. Su vida estuvo marcada por la pobreza, el dolor físico y una búsqueda de pureza que la llevó desde los terrenos industriales de Inglaterra hasta los bosques vírgenes de América del Norte.
Aunque hoy en día a los Shakers se les conoce principalmente por su estética sencilla y sus muebles de madera de alta calidad, la realidad de sus inicios fue mucho más turbulenta y apasionada. Ann Lee, conocida por sus seguidores como “Madre Ann”, no buscaba crear un estilo de diseño. Deseaba un mundo donde hombres y mujeres fueran iguales, la propiedad fuera compartida y el pecado fuera erradicado mediante el celibato absoluto y la confesión. En su camino hubo una gran persecución, pero también voluntad para hacer de sus creencias algo eterno.
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Los orígenes de una revolucionaria
Ann Lee nació el 29 de febrero de 1736 en Manchester, Inglaterra. Era hija de un herrero y creció en una zona asfixiada por el humo de las fábricas de la naciente Revolución Industrial. Debido a la falta de recursos de su familia, Ann nunca fue a la escuela y permaneció analfabeta durante toda su vida. Esto hace aún más impresionante su capacidad para articular una teología tan compleja años después. Desde muy niña, tuvo que trabajar en las fábricas textiles, experimentando la dureza del trabajo y la suciedad de las ciudades británicas.
Desde su juventud, Ann mostró una personalidad introspectiva y una fuerte aversión hacia lo que ella llamaba “las pasiones de la carne”. Sentía una incomodidad profunda con el concepto del matrimonio y el sexo, algo que en su época era visto como una excentricidad o una rebeldía. Sin embargo, la presión social terminó por vencerla y, en 1762, se casó con Abraham Stanley, un herrero que trabajaba con su padre. Este matrimonio, lejos de darle estabilidad, se convertiría en el catalizador de su transformación espiritual.
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Entre la tragedia y el rechazo a la carne
Tuvo cuatro hijos, y la tragedia la golpeó de la misma forma en cada ocasión: todos murieron siendo bebés, algunos incluso durante el parto, el cual fue extremadamente traumático para ella. Estas pérdidas constantes no fueron vistas por Ann como una simple mala fortuna, sino como una señal divina de que las relaciones sexuales eran el pecado original.
Sumida en una depresión profunda y buscando respuestas, Ann comenzó a acercarse a grupos religiosos radicales que operaban fuera de la Iglesia de Inglaterra. En 1758, se unió a una pequeña comunidad liderada por Jane y James Wardley. Este grupo, influenciado por los cuáqueros, creía en la revelación directa y en el culto extático. Fue en este entorno donde Ann encontró validación para sus visiones y su rechazo al sexo. El grupo practicaba confesiones públicas y rituales donde los fieles temblaban y bailaban frenéticamente para “sacudirse” el pecado, lo que les valió el apodo de Shakers.
¿El Cristo femenino?
El ascenso de Ann Lee como líder ocurrió de forma dramática en 1770. En ese año la encarcelaron en Manchester acusada de profanar el día de reposo y causar disturbios con sus predicaciones. Fue en la soledad de su celda donde Ann afirmó haber tenido una revelación que cambiaría el rumbo de su vida: Dios le mostró que el acto sexual en el Jardín del Edén fue la verdadera caída de Adán y Eva, y que ella era la elegida para completar la obra de redención de Jesucristo.
Según su visión, Dios poseía una naturaleza dual, masculina y femenina. Si Jesús había sido la manifestación masculina, ella era la encarnación de la “Segunda Venida” en forma de mujer. Al salir de prisión, sus seguidores aceptaron esta revelación y comenzaron a llamarla “Madre Ann”. A partir de ese momento, la estructura del grupo cambió. Ann se convirtió en la autoridad máxima, predicando que solo a través del celibato absoluto, la confesión total de los pecados y el abandono de la propiedad privada se podía alcanzar la salvación real.
Ann Lee y sus seguidores eran atacados en las calles, apedreados y multados constantemente. En un momento de crisis, Ann recibió una nueva visión. Debía cruzar el océano hacia América, donde Dios le había mostrado que existía un lugar preparado para su “Iglesia de los Shakers”. En 1774, Ann, junto con su hermano William, su esposo (quien todavía la acompañaba a pesar de no compartir del todo sus creencias), y un pequeño grupo de ocho seguidores, se embarcaron hacia Nueva York.
Promesas de libertad
Se dice que el barco en el que viajaban, el “Mariah”, estuvo a punto de hundirse durante una tormenta, pero que Ann, con una calma sobrenatural, aseguró a la tripulación que había visto ángeles sosteniendo el casco. Al llegar a América, se establecieron inicialmente en una zona pantanosa cerca de Albany, llamada Watervliet. Los primeros años fueron de una pobreza extrema y un trabajo físico demoledor para limpiar la tierra y construir sus propias casas, todo mientras el país libraba la Guerra de Independencia.
Los Shakers vivían en comunidades cerradas donde no existía la propiedad privada; todo era de todos. Pero lo más impactante era la igualdad de género. Bajo el liderazgo de Madre Ann, las mujeres tenían el mismo poder de decisión que los hombres, algo inaudito en el siglo XVIII. Ella creía que Dios era tanto padre como madre, y por ello la sociedad debía reflejar ese equilibrio.
A pesar de sus ideales pacíficos, los Shakers no tuvieron un buen recibimiento en América. Su negativa a participar en la guerra y sus extrañas danzas nocturnas despertaban sospechas. Madre Ann realizó largos viajes de predicación por Nueva Inglaterra entre 1781 y 1783, durante los cuales fue víctima de agresiones físicas por parte de turbas furiosas que la acusaron de brujería. También se le echaba la culpa por ser una espía británica.
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El rescate de una figura olvidada
Ann Lee murió el 8 de septiembre de 1784 en Watervliet, a la edad de 48 años. Aunque no vivió para ver el apogeo de su movimiento en el siglo XIX (cuando llegaron a tener miles de miembros), dejó una estructura tan sólida que sus seguidores continuaron su obra, manteniendo vivas sus enseñanzas de igualdad, sencillez y comunión con lo divino durante décadas.
Lejos de presentar una biopic tradicional, El testamento de Ann Lee utiliza la música y la danza como un lenguaje para expresar el éxtasis religioso de los Shakers. Las canciones, compuestas por Daniel Blumberg, reimaginan los himnos tradicionales del grupo como piezas que acompañan los momentos de mayor intensidad emocional. La trama de la película se centra especialmente en el contraste entre el pasado oscuro de Ann en Manchester y la luz que intenta construir en Watervliet.
Amanda Seyfried se preparó como pocas veces para convertirse en Madre Ann. Comenzó por el dominio de un acento de Manchester del siglo XVIII muy específico y difícil de reproducir. Además, al tratarse de un musical donde se canta en directo en el set, Seyfried tuvo que entrenar su voz.
Su preparación física también incluyó el aprendizaje de las coreografías de Celia Rowlson-Hall, que recrean los temblores y bailes extáticos de los Shakers. Seyfried ha comentado en entrevistas que el proceso fue “catártico y agotador”, pasando días enteros realizando movimientos repetitivos para captar esa sensación de trance. Sus nominaciones al Globo de Oro y al Critics Choice como Mejor actriz confirman que no buscó simplemente “parecerse” a Madre Ann. Se adentró en el misticismo y capturó cómo el dolor puede transformarse en una fuerza que mueve montañas.
El testamento de Ann Lee llegará a las salas de Cinépolis próximamente.
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