Entre funciones, invitados especiales y muchos dólares, todos ponen de su parte para hacerse con una estatuilla dorada
Aunque nos guste pensar que los Premios Oscar se otorgan puramente por mérito artístico, la realidad es que ganar una estatuilla dorada también requiere de una campaña de relaciones públicas compleja y costosa. Estas utilizan estrategias diseñadas por los grandes estudios para influir en la percepción de los casi 10 mil votantes de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. No se trata solo de que vean la película, sino de sentir que deben votar por ella gracias a su relevancia social, dificultad técnica o importancia histórica.
¿Cómo funciona esta gran maquinaria para ganar un codiciado Oscar? A continuación, te lo contamos.
No es solo un gran guion ni una producción impactante, el marketing también juega un papel clave en la carrera por el Oscar. 🎬🏆 #PalomaYNacho
— Cinépolis (@Cinepolis) February 19, 2026
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Un objetivo fijo… y caro
Una vez que se han definido las nominaciones al Oscar de cada año, los estudios tienen perfectamente claro qué películas, actores y directores apoyar. Sin embargo, el trabajo empieza meses antes, pues el objetivo es que el nombre de la película y sus protagonistas estén “en todos lados” durante los meses de noviembre a marzo.
Esto incluye desde anuncios gigantes en las avenidas de Los Ángeles hasta proyecciones privadas con cenas de lujo. Pero no es un esfuerzo desorganizado; cada movimiento está fríamente calculado por consultores de premios que cobran sueldos estratosféricos por saber exactamente a quién invitar y qué narrativa vender a los votantes. Porque sí, a veces las narrativas más interesantes están fuera de las películas.
Una campaña estándar para una película con posibilidades reales no baja de los $5 a 10 millones de dólares. Sin embargo, cuando un estudio decide ir “con todo”, la factura puede aumentar hasta los $25 o 30 millones de dólares. Este dinero no va a la producción de la cinta, sino a la compra de espacios publicitarios, viajes para los actores, organización de eventos y el envío de copias físicas o digitales (los famosos screeners). Es una inversión de riesgo. Pues ganar el Oscar a Mejor película puede aumentar los ingresos de una cinta y, sobre todo, elevar el prestigio del estudio para atraer “mejores” talentos en el futuro.
El ”efecto Harvey Weinstein”
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Antes de su estrepitosa caída por crímenes de abuso, Weinstein fue un competidor muy agresivo en las temporadas de premios. Su gran golpe ocurrió en 1999 con Shakespeare apasionado. En aquel año, la favorita indiscutible era Rescatando al soldado Ryan de Steven Spielberg. Weinstein, a través de su estudio Miramax, rompió los códigos de etiqueta de la época. Gastó una fortuna sin precedentes en publicidad y, lo más polémico, empezó a llamar personalmente a los votantes para presionarlos.
Weinstein entendió que el Oscar no era un concurso de cine, sino un concurso de popularidad. Organizó fiestas interminables y forzó a sus actores a hacer giras de prensa agotadoras solo para que los votantes los conocieran y se sintieran “amigos” de la producción. Al final, Shakespeare apasionado ganó el premio a Mejor película en una de las mayores sorpresas de la historia. Desde entonces, los estudios entendieron que si no gastabas millones en promoción, simplemente no existías para la Academia.
For Your Consideration
Dicho término (que en español se traduce como “Para su consideración”) sirve como estandarte en todos los anuncios que aparecen dentro de revistas como Variety o The Hollywood Reporter. Lo curioso es que estos anuncios no están diseñados para el público general. Si ves un póster de una película con una lista enorme de categorías y frases de críticos, no están tratando de venderte una entrada al cine; están hablando directamente al miembro de la Academia que lee dicho medio.
Estas actividades incluyen también los “Q&A” (sesiones de preguntas y respuestas) después de las funciones. El estudio vuela al director y a los actores principales a Los Ángeles, Londres o Nueva York para que hablen sobre lo “difícil” que fue el rodaje. No es una charla técnica, es una oportunidad para que el votante vea al artista cara a cara, se tome una foto y desarrolle una conexión emocional con el proyecto.
Un ejemplo de ello es Timothée Chalamet. En las últimas semanas, el nominado a Mejor actor por Marty Supremo ha participado en funciones y sesiones de preguntas a través de todo Estados Unidos. Básicamente, es marketing en su estado más puro.
El “lobby” y sus reglas de etiqueta
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Debido a los excesos de la era Weinstein, la Academia introdujo reglas estrictas para limitar el “Lobby” o cabildeo. Hoy hay límites claros sobre lo que un estudio puede hacer. Por ejemplo, ya no se pueden enviar “regalos” físicos junto con las películas. Hace años, los estudios enviaban canastas de comida, libros de arte o incluso tecnología. Ahora, eso está prohibido para evitar que parezca un soborno directo.
Sin embargo, los publicistas siempre encuentran formas de rodear las reglas. En lugar de regalos, ofrecen “experiencias”. Se organizan recepciones en hoteles de cinco estrellas, siempre bajo la excusa de una “presentación educativa”. El lobby se ha vuelto más sutil pero igual de intenso; se trata de crear un ecosistema donde el votante se sienta parte de un club exclusivo que apoya a una película específica. Si un votante siente que todos sus “amigos” en el club van a votar por la misma película, es probable que él también lo haga.
“Ya es su hora”
Una de las tácticas más efectivas es vender la idea de que un actor “se merece” el premio por toda su carrera, más allá de si su actuación actual es la mejor del año. El estudio construye un relato donde premiar a esa persona es corregir un error del pasado o celebrar un hito cultural. Es apelar al corazón y a la nostalgia de los votantes, quienes pueden sentir culpa por no haber premiado a ciertos actores anteriormente.
Un ejemplo clásico es el de Leonardo DiCaprio con El renacido. Tras años de nominaciones y de ser el “eterno perdedor” en internet, la campaña se enfocó totalmente en su sufrimiento físico: comió hígado de bisonte crudo, durmió en el cadáver de un caballo y casi muere de hipotermia. Otro caso reciente y poderoso fue el de Michelle Yeoh con Todo en todas partes al mismo tiempo. La campaña no solo destacó su increíble actuación, sino que subrayó su estatus como una leyenda del cine de acción que nunca había sido reconocida en Hollywood. Se convirtió en una causa: votar por ella era hacer historia.
El gran dilema de Warner Bros en 2026
Hace unos días,Variety reportó un fenómeno fascinante dentro de Warner Bros. El estudio se encuentra en una posición envidiable pero logísticamente pesadillesca: tiene dos de las películas más fuertes del año compitiendo entre sí por los mismos premios principales. Se trata de Pecadores y Una batalla tras otra.
Para Warner Bros, esto implica ejecutar dos campañas masivas de manera simultánea sin que una canibalice a la otra. Según las filtraciones de la industria, el estudio ha destinado un presupuesto combinado que roza los $30 millones de dólares solo para estas dos producciones. Es una guerra civil interna donde cada película tiene su propio equipo de estrategas.
Pecadores rompió récords con 16 nominaciones al Oscar. Su campaña se centra en la espectacularidad técnica del formato IMAX y en el hito de que Coogler sea el primer director negro en liderar una película con tantas candidaturas. Por otro lado, Una batalla tras otra es la apuesta de “autor” con Leonardo DiCaprio liderando el reparto. Aquí, la narrativa es distinta: se vende como una sátira política audaz que refleja los tiempos modernos.
Este caso es el ejemplo perfecto de por qué las campañas son necesarias. Sin una estrategia clara, los votos se dividirían entre ambas películas de Warner, permitiendo que un tercero (como alguna película de Universal o NEON) se lleve el premio mayor. El estudio debe equilibrar los egos de directores y asegurar que los votantes no se cansen de ver el logo de Warner en cada anuncio. En 2026, la estatuilla no solo premiará al mejor cine, sino a la mejor gestión de crisis y marketing de un estudio que decidió apostar todo a dos potentes competidores.
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