Impredecible y profundamente humana, la continuación de esta saga demuestra que este tipo de relatos todavía son relevantes
Si algo ha caracterizado a la saga de Exterminio es que, desde que se estrenó la primera película a principios de la década de los 2000, el aspecto de exploración social destaca mucho más en sus capítulos que en otros exponentes del subgénero zombie. Con cada entrega, pareciera que los guiones se enfocan mucho menos en el caos derivado de la infección, y más en cómo la raza humana se aferra a lo poco que queda de consciencia.
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Nuevos rumbos, misma relevancia
La más reciente entrega, El templo de huesos, es en todo sentido la que demuestra con más fuerza esa necesidad de diseccionar, cada vez con más profundidad, lo que nos mueve aún en momentos de adversidad.
Continuación directa de Exterminio: La evolución (2025), la cinta nos cuenta lo que sucede cuando el culto de los Jimmies rescata al joven Spike (Alfie Williams), aunque con un giro. En la anterior, durante los últimos momentos, se nos presentaba a este grupo (liderado por Jimmy Crystal, interpretado por Jack O’Connell) como un rayo de esperanza: sus trajes de colores, sus armas y actitudes estrafalarias para atacar a los infectados, todo el misticismo y locura alrededor de ellos indicaba que serían defensores, ¿no? Pues sus acciones en este relato nos hacen ver que no hay que guiarnos por las apariencias.
Sin embargo, no sólo los seguimos a ellos, sino también al Dr. Ian Kelson (inspiradísimo e intenso Ralph Fiennes), quien, desde su osario construido con los huesos de las víctimas de la pandemia, continúa buscando una posible cura, al tiempo que forma una improbable conexión con Sansón (Chi Lewis-Parry), el imponente y temible Alfa que conocimos hace un año.
Estos dos relatos suceden en paralelo, y sí, hay un momento en el que se cruzan, aunque la decisión de separarlos durante gran parte del metraje es lo que enriquece la experiencia en la sala oscura, porque de entrada nos marca que estamos en la continuidad de la historia, pero habrá una intención de hacer que las cosas sean diferentes.
Esta entrega ya no es dirigida por Danny Boyle. Ahora, el británico le cede las riendas del proyecto a la estadounidense Nia DaCosta, quien opta por prescindir, al menos en los primeros dos actos, de la energía hipercinética que se manejó en el impactante reinicio de la franquicia.
Esta vez, se priorizan los momentos de calma y de introspección, pero también de una violencia mucho más cruda y enraizada en la realidad, que utiliza el gore no como alegoría del caos y el descenso hacia la locura, sino como grito de auxilio ante una realidad que ya está aquí: hay quienes no creen en la ciencia, en la bondad humana. Eso es lo desolador. Pero mientras sigamos cultivando la paciencia y la escucha, será posible ver la luz al final del túnel.
Ahí radica la maestría de esta continuación: gracias al reflexivo y creíble guion de Alex Garland, la propuesta se sigue manteniendo fresca mientras DaCosta toma decisiones inesperadas y muy valientes, como no hacer de Spike el protagonista, o insertar canciones icónicas de Duran Duran en dos secciones clave para la construcción del conflicto. ¡Incluso hay una genial escena musical en el clímax que dejará a más de una persona boquiabierta!
Para ponerlo en otras palabras: es de admirarse cómo los cineastas están en un constante malabareo. Estamos ante un filme que no es predecible, pero tampoco pierde la sensibilidad que hizo clásicas y legendarias a sus predecesoras.
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